Two Lovers Inside (relato corto)

nighthawks

Nighthawks

Ella acarició el tercer botón, el ascensor se puso en marcha ante un gran silencio, sus miradas se perdían en el espejo borroso, la horrible luz delataba las huellas de sus labios ennegrecidos por una especie de color morado. Había costado tanto llegar hasta aquel lugar…no podían ni mirarse, la subida se hizo eterna, tan solo sus bocas y gargantas secas rompían aquel tenso silencio. Incapaces de decir nada, sus ojos se evitaban, tan solo sus cuerpos inquietos rompían la distancia entre ellos y les hacían temblar. Sus miradas se dirigían al sucio espejo que junto al estado en el que se encontraban reflejaba la figura distorsionada de sus cuerpos.

Por fin las puertas se abrieron y respiraron por primera vez. Sin decir una palabra ella caminaba por aquel pasillo buscando en su enorme bolso las llaves de su casa, él la seguía sin rumbo alguno. Metió la llave en las dos cerraduras e hizo un gesto de desaprobación y cierto hastío como si ella no hubiera cerrado nunca la puerta de esa manera. Era un cálido y moderno dúplex, con las paredes pintadas de colores y decorado con un particular buen gusto. Hacía tiempo que él no se podía controlar y a pesar de la seducción que desprendía aquel lugar, lo primero que hizo fue pedir disculpas y entrar en el lavabo. Volvió a mirarse al espejo, tenia dibujada una estúpida sonrisa en su rostro, tal vez habían bebido demasiado, tal vez sin ese vino no se hubieran decidido a dar el paso, no estarían allí. Su cuerpo volvió a temblar, suspiró con fuerza y se mojó todo lo que pudo su cara y su nuca.

La luz era tenue y al ver aquella silueta de espaldas sirviendo dos copas de vino, su cuerpo se estremeció ante tanta belleza imperfecta. Su primer impulso fue acariciarla por detrás pero en el justo momento  que su ebriedad le despojó del miedo atroz que sentía, ella le preguntó:

–       ¿Te va bien esta música?

Ni siquiera había sentido el susurro de aquella agradable voz femenina.

–       Un poco pop para mi gusto pero es perfecta. ¿Quién es?

–       Lady Macbeth.

El nombre y aquella voz le parecían de lo más sensual aunque no podía imaginar que más tarde volvería a recordar a aquel rey maldito.

–       Es mi primer disco.

–       Mmm…brindemos por ello y por los maravillosos productores que todavía se arriesgan a descubrir voces ocultas.

–       No creo que mi marido sea precisamente de los que se arriesgan.

lapeau doce

La peau douce

Sólo se le ocurrió  beberse la copa lo más rápido posible y salir corriendo de allí pero en su torpeza derramó todo el vino sobre ella. El cuello quedó empapado y la oscura mancha se deslizó suavemente por su pecho. Sin decir nada y sin mirarlo subió las escaleras. Abrumado siguió con la mirada sus pies descalzos, se sirvió otra copa y se decidió a subir. Pequeños trazos de luz de la calle se colaban entre los márgenes de la ventana. Sorprendido y sin parar de beber se sentó en la enorme cama a esperar que ella acabara de ducharse. Sediento, el placer del instante se revelaba como el fin de la eterna búsqueda. En la espera volvió a ser feliz.

No queda claro si se quedó totalmente dormido, pero cuando la puerta del lavabo se abrió, la sombra de aquel cuerpo mojado podía ser de todo menos real. Su turbación aumentó por momentos, volvió a humedecerse la boca y clavó su mirada en aquella silueta que avanzaba amenazante hacia él. Lo primero que mordió y besó fue su barriga, justo por encima del vello púbico, al mismo tiempo que acariciaba sus pequeños pero apetitosos pechos. Era tanta la sensualidad que desprendía aquel cuerpo que no pudo reprimir abrazarlo con todas sus fuerzas. Las manos de ella acariciaron finamente su nuca, le desabrochó la camisa y se abalanzó sobre él. Protegidos por unos enormes cojines, los dos cuerpos chocaron con fuerza. Estremecidos, jadeaban sin parar y sus pechos sólo deseaban liberarse de la terrible opresión. Ella recorría todo su cuerpo mordiendo toda imperfección de su piel. Él chupaba cada pliegue que encontraba. Era imposible dejar de abrazarse, de tocarse, de sentir los cuerpos ajenos. Un solo deseo les dominaba, necesitaban penetrarse, fundirse, hacer que aquellas dos sombras se convirtieran en una sola por un instante, era la única salida. La agarró con fuerza y con la máxima delicadeza posible acarició y abrió su entrepierna, se colocó de manera que sus miradas no se pudieran evitar y cuando decidió entregarse por completo…fue imposible, no podía mantener la erección necesaria, la excitación y el deseo eran máximos pero la embriaguez que había sido cómplice hasta el momento le traicionó.

Los dos cuerpos exhaustos dejaron de temblar y rendidos se separaron mirando hacia lugares opuestos. El cuerpo de él quedó totalmente a oscuras, la luz del exterior iluminaba levemente las piernas de ella. Suspiraron como si se tratara de un susurro y cayeron en un sueño profundo.

el origen del mundo

L’origine du monde

Se despertó de golpe y desorientado, tardó unos largos segundos en reaccionar, lo peor era el horrible dolor de cabeza. Las sábanas blancas tapaban las largas piernas del cuerpo dormido que le acompañaba,  mostrando únicamente la mordida espalda y el largo y rizado pelo negro. Esa imagen le  excitó poderosamente. Mientras se duchaba cuidadosamente recordó la historia del rey maldito, repitiendo sin cesar “…beber demasiado le crea un equívoco a la lujuria…provoca el deseo, pero impide gozarlo…” cuando de repente la cortina de la ducha se abrió y una mano acarició su entrepierna. Incapaz de moverse cerró los ojos. Sus cuerpos empapados se deslizaban, se penetraron con una increíble facilidad y no podían parar de buscarse, de encontrarse, la sensación era la de una eterna primera vez. Salieron de la ducha y la volvió a penetrar por detrás delante del espejo, donde está vez sí, el deseo robado atrapaba el instante del placer. Pero tenían una causa pendiente con la cama. Él la lanzó violentamente, ella estiró la cabeza hacia atrás con la mirada perdida, agarró entre sus brazos a uno de sus cojines y abrió todo lo que pudo su entrepierna. No había excusas, nada se lo impediría esta vez, con su enorme boca no fallaría.

La cálida luz de la noche se transformó lentamente en una luz más intensa. Ella permanecía desnuda en la cama con el rostro en otro lugar, él se vistió y no podía evitar dejar de sonreír. Se miraron fijamente durante un largo rato sin decir absolutamente nada hasta que él se decidió.

–       ¿Vienes?

–       Todavía no se ha acabado el vino.

–       ¿Te lo beberás sola?

–       Sí, me lo beberé sola.

Sus miradas se suspendieron una vez más durante un  instante eterno hasta que sin saber cómo, bajó las escaleras sin mirar atrás. Esperó al ascensor y comprobó que el espejo no era tan borroso como la noche anterior, mientras bajaba aún temblaba reviviendo cada instante de placer. La luz del día le incomodó, se sentó en la mesa de la ventana de atrás del local. El camarero se le acercó.

–       Un café.

–       ¿solo?

–       Sí, solo.

L

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