T. Ostermeier, entre la elegancia formal y el susurró que no llegó. Susn, Temporada Alta.

Definitivamente el destino del teatro contemporáneo está unido a la imagen. Aunque la dificultad está en que la imagen forme parte del todo y no se convierta en un elemento distorsionador. Evidentemente Ostermeier domina a la perfección la imagen en la puesta en escena.

En Susn esta imagen juega diferentes funciones. Como realidad ampliada en un comienzo espeluznante y magistral. La obra comienza con una confesión y la disposición de esa confesión es un juego de imágenes, de espejos a partir de una mágica puesta en escena. Los personajes tan solo se sientan pero el espectador se enfrenta al menos a cuatro puntos de vistas diferentes. Extraordinario golpe de efecto.

Pero la imagen va más allá aún y no se queda solo en la ampliación de la realidad escénica también funciona como ampliación del espacio, más allá del propio teatro. De esta manera las imágenes nos transportan a los lugares fantasmales de la protagonista. Lugares de la infancia y de todo su itinerario vital. En este sentido las imágenes proyectadas son las que remarcan y transportan a territorios llenos de culpa, de nostalgia, de horror, de melancolía. Podríamos decir que la imagen transciende la corporeidad teatral.

Y por último decir que Susn utiliza la imagen como movimiento. Si bien los actores interpretan a partir de cierta quietud, sus gestos son contenidos, la imagen es la que da movimiento a la escena a lo que está ocurriendo. La imagen es la que nos lleva a los lugares más recónditos y oscuros del viaje de la protagonista.

Cada vez me acerco más a la idea de que el cine es erótico por definición y el teatro no lo es, no puede serlo (es otra cosa). Es necesario investigar más a fondo esta afirmación. Bazin en ¿Qué es el cine? ya ponía sobre la mesa está reflexión y podemos encontrar más referencia en Placer visual y cine narrativo de Laura Mulvey. En cualquier caso la construcción de la mirada es diferente en el cine que en el teatro. Susn se impregna de erotismo por momentos, también de cierta perversión y obscenidad. Pero ese erotismo parece no emerger del discurso del cuerpo, a pesar del vestuario de la actriz, de sus movimientos y de su transformación. El erotismo nos llega a partir del discurso del texto, de la oralidad, de la palabra de la actriz, lo que nos cuenta. Como claro ejemplo, el confesor que se incomoda pero que quiere saberlo todo, quiere escucharlo, no verlo. Ese erotismo se transforma en perversión a partir de la imágenes y no cabe ninguna duda que el espectador se encuentra más incomodo a partir de las imágenes de la protagonista desvistiéndose rodeadas de hombres que esperan. Esas imágenes están llenas absolutamente de erotismo y de perversión. La imagen fragmenta el cuerpo de la actriz, vemos sus piernas pero no su cara. Aparece la imaginación pues vemos como se desviste pero no se nos muestra nada más, el juego de luz lo impide. Barthes decía que el erotismo está en los pliegues en los huecos que sugieren, se imaginan pero no se ve. La perversión está en esos hombres grotescos y oscuros que amenazan la luz de la protagonista.

Resaltar por supuesto la música en la obra que se convierte en una gran banda sonora. Ostermeier no tiene prisa, sus actores tampoco, se toman su tiempo y la música juega un papel fundamental. Entre los tiempos muertos, entre las emociones, entre el tránsito la imagen y lo escénico…

¿Pero qué es lo que hace que un relato se meta en las entrañas del espectador? Si la puesta en escena, con las imágenes y la música es magistral y las interpretaciones intensas y maravillosas ¿por qué el relato, la historia, no llegó a atravesarme, no me llegó? La forma tiene una estrecha relación con el fondo pero a veces sucede que el fondo no conecta con el espectador. Para mí no fue suficiente, la historia no me hirió, no me conectó. Más allá del impacto de la emoción estética todo se difuminó para mí.  Supongo que el teatro, el cine, el arte es así. O conectas o no conectas y cuando te quedas con el análisis de las partes y no del todo es que algo ha sucedido pero no lo que esperabas, o lo que necesitabas o lo que sabes que puede suceder, lo que siempre buscas en el arte como sustitución y lo más cercano al placer sexual.

En Susn hay culpa, hay paisajes de culpa, hay Eros, hay fantasmas, hay descubrimiento de lo sexual, hay horror, hay desencanto hay pulsión de muerte, hay obscenidad hay belleza y hay decadencia que nos lleva a lo grotesco.

Pero para mí Susn fue un susurró que no llegó.

@sedocamax

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2 respuestas a T. Ostermeier, entre la elegancia formal y el susurró que no llegó. Susn, Temporada Alta.

  1. Pilar Vinyet dijo:

    M’agrada el que heu escrit, hi estic molt d’acord. Potser falta destacar més el gran paper que fa l’actriu…estudiar un text a vegades tan surrealista i complicat mereix la meva admiració.

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