La perplejidad del teatro contemporáneo. Giulio Cesare de Castellucci.

En el cine dos escenas representan para mí toda la fuerza de la perplejidad que provoca la creación contemporánea. La primera la encontramos en la comedia de Woddy Allen Small Time Crooks (Granujas de medio pelo) cuando Ray Winkler, aquel entrañable buscavidas, acompaña a su mujer y al fraudulento marchante de arte interpretado por Hugh Grant  a ver una obra de creación contemporánea por tal de mejorar su educación y entrar en los círculos de la alta cultura. Ray no puede más que dormirse ante el imposible espectáculo.  La otra escena la encontramos en la para mi discutible La Grande Bellezza cuando una artista semidesnuda no duda en chocar contra un muro en un intento, una vez más fraudulento, de exponer su teoría del arte a partir del concepto de vibraciones.

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Small Time Crooks. Woody Allen.

Si saltamos del cine a la teoría posmoderna encontramos a Baudrillard cuando afirma que el arte ha desaparecido porque se encuentra en todas partes, porque todo es arte y por esta misma razón es imposible tener los criterios suficientes para discernir lo que es arte de lo que no lo es[1]. El arte postmoderno no es más que un simulacro devorado por el hiperconsumo, todo es arte porque todos nos hemos convertido en público, hasta en consumidores de nosotros mismos.  Es cierto que el teatro solo parece ser capaz de sobrevivir si emerge como antiteatro, esta era la tesis de lo performático de los años 70 y 80 y está es una de las grandes paradojas de la modernidad, ser antimoderno equivale a ser tremendamente moderno en palabras del filosofo Berman[2].

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La Grande Bellezza. Sorrentino

Pero es que además la creación contemporánea en general y el teatro postmoderno tienen la habilidad de hacerte sentirte culpable, si no conectas con ellos, sino te conviertes en su cómplice, sino formas parte del juego es como si no fueras lo suficiente intelectual, lo suficiente actual, lo suficiente actor, lo suficiente director, lo suficiente abierto y progresista, lo suficiente intenso, lo suficiente profundo…pero lo cierto es que el arte contemporáneo también debe ser expuesto a la crítica, al análisis, a la disección profunda de su propuesta. La creación postmoderna no debería tener un lugar privilegiado por el mero hecho de considerarse contemporánea. Lo he dicho en otras ocasiones y lo mantengo, una creación artística no es polémica porque el tema que trate sea polémico, no es reivindicativa por el hecho de tratar temas sociales y por supuesto no es de vanguardia simplemente por erigirse como tal.

No basta con situar la obra en un lugar no convencional, que no sea un teatro, en este caso en la iglesia de un convento. No vale con proponer una performance conceptual. Es cierto que la separación del escenario y la sala es un estado que debe superarse pero no siempre esto nos lleva a un lugar deseado, es cierto que los espectadores son a la vez espectadores distantes e intérpretes activos del espectáculo, pero no toda creación conceptual acierta en los significantes que permitan que el público pueda interpretar de una manera emancipadora lo que se le propone. ¿Qué es exactamente lo que tiene lugar, entre los espectadores de un teatro y que no podría tener lugar en otra parte?[3] Está debería ser la pregunta clave.

En otras ocasiones también he comentado que cuando insisto en criticar algo con lo que soy incapaz de conectar intento buscar, basarme en el trabajo realizado y el sentido que el texto ofrece  como elemento que me ayuda a hacer un análisis profundo a pesar de que la obra no me haya convencido en absoluto.

Está claro que Shakespeare es como el psicoanálisis, interminable. Infinitas son las propuestas pasadas e infinitas serán las que quedan por venir. Giulio Cesare de Castellucci es una adaptación libre de Julio Cesar, que podemos decir la fragmenta, la deconstruye y se queda solamente con pequeñas partes del texto, en concreto el principio de la obra y el monologo de Marco Antonio después de que Julio Cesar sea asesinado.

La obra se representa en una austera iglesia, parte del público está sentado en el suelo, el escenario es inmejorable, da un carácter atemporal y místico. Escenografía mínima y blanca con una pantalla y un proyector. De repente sale un actor de túnica blanca se dirige al centro, juega con una videocámara de endoscopia y se la mete por la nariz hasta la garganta, la pantalla es testigo de las imágenes que para mí solo me provocan una sensación.,pueden imaginársela.  Vemos el interior del actor, el movimiento de su campanilla y lo escuchamos declamar con fuerza e intensidad, interpretando a los distintos personajes del principio de la obra. Tras sacarse de la nariz el elemento que se supone es transgresor, marcha. Entiendo que Julio Cesar es una obra de terrible actualidad donde Shakespeare pone en juego toda la fuerza de la retórica y que el autor italiano pretende darle una vuelta a las palabras, al lenguaje y centrarse en el cuerpo como elemento motor y central de la escena. Tal vez por eso luego aparece Julio Cesar y delante del público no habla en ningún momento, tan solo gesticula dejándose llevar  por una atmosfera sonora (este es otro elemento típico de las obras postmodernas). Julio Cesar parece decirnos que no necesita las palabras para ser un líder de masas, aunque a mí en ese momento sea inevitable que se me venga a la cabeza los que trabajan en la pista de aviones o los movimientos de las azafatas de cualquier vuelo. En cualquier caso el líder antes de morir es aclamado por los suyos, que le ponen lo que parece un pecho y beben de él, en un intento de mostrar una metáfora de que sus hijos son los que acabaran con su vida. Al final aparece Marco Antonio y pronuncia su célebre discurso, con la peculiaridad de que el actor no tiene cuerdas vocales, y sus palabras nos llegan distorsionadas y de forma dispersa. Al final la escena se queda vacía y se busca la emoción a partir de lo sonoro y de la ruptura de unas bombillas que rompen poco a poco hasta llegar al final.

El arte contemporáneo tiene la obligación de ser rupturista, perturbador, transgresor, anárquico, sorprendente, inquietante, desgarrador como dice Alan Bergala, el arte para seguir siendo arte tiene que ser un germen de anarquía, escándalo y desorden.[4] Nada de esto tiene por supuesto este imposible Julio Cesar. Más bien es una neovanguardia convencional, dirigida a un tipo de público ávido de esta vanguardia, más preocupado en el consumo de lo que se dice creador contemporáneo que de lo verdaderamente marginal. Parece la cuota necesaria de modernidad que todo festival debe tener. La sensación de fraude es inevitable, aunque seguramente para otros fue una experiencia perturbadora e intensa. Muestra que las emociones perturbadoras y transgresoras no son lo que era. Y es que estamos en un tiempo de ansiolíticos.

[1] La simulación en el arte. Baudrillard

[2] Todo lo sólido se desvanece en el aire. M. Berman

[3] El espectador emancipado. J. Rancière.

[4] Perdonen que sea la segunda vez que cite esta frase de Bergala en mis textos.

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3 respuestas a La perplejidad del teatro contemporáneo. Giulio Cesare de Castellucci.

  1. Víctor Soto Rojas dijo:

    Creo que a su pregunta, se hace necesaria complementarla con otras, como por ejemplo: para que?, para quién? y desde donde se hace lo que se hace? Pensando esto último desde un lugar ideológico. Gracias por su comentario.

    • Estoy de acuerdo, son necesarias siempre esas preguntas. Pero desgraciadamente parecen estar ausente en toda previa a una creación, en la propia creación y en el análisis posterior. Pero son absolutamente necesarias, vincular lo social a lo artístico.

  2. Santos R. Hernanz Alonso dijo:

    Estoy de acuerdo en tus reflexiones. Y sólo por decir algo más, diré que en el teatro se debe dar paso a todo aquello que facilite, o mejore, el desarrollo dramático de una obra. Todos los avances tecnológicos pueden ser beneficiosos, si no se constituyen en la base de la representación, claro está. Me duele enormemente que se pierda el mensaje o el sentido de una obra en aras del “efectismo”, que es, a lo que parece, lo fundamental en el Teatro Moderno. Da la impresión que sólo el hecho de “epatar” al público, supone estar a la altura del momento; pero también es cierto, que este fenómeno se ha dado en todas las generaciones, y al final siempre subsiste el TEATRO, con mayúsculas y, al final, siempre desaparecen esas envolturas innecesarias que tratan de dar “modernidad” al espectáculo.

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