Los vértices del triángulo

Por Joan Ramis. Guionista y crítico de cine

Como un salto al vacío. Sin red. Un experimento elaborado sobre la marcha, desprovisto de recetas y carente de instrucciones. La improvisación como única herramienta para culminar una proeza en veinticuatro horas. Diez personas asumen el riesgo. Diez artistas pertrechados del talento más audaz que no entienden de limitaciones. Se sirven de su inconmensurable amor hacia el cine para aceptar el reto que propone #littlesecretfilm, un desafío no apto para los que se dejan amedrentar, pero apetecible para quien tiene fe ciega en su inventiva. Hace ya un tiempo que El Balcón de la Espera viene demostrando un entusiasmo casi enfermizo por el séptimo arte, de ahí que no nos extrañe que decidieran empaquetar sus macutos para dirigirse a la costa y así hallar la inspiración, en búsqueda de nuevas aventuras. Se trata de un colectivo que rebosa ingenio. No les falta osadía a sus integrantes.

Impar. Que no tiene par o parecido con nada. Así es la nueva creación de El Balcón de la Espera. Un largometraje tan singular que buscarle semejanza se antoja como una tarea demasiado compleja. El triángulo siempre ha funcionado en la ficción, y son sus extremos los que estabilizan un relato que se adivina escalofriante desde sus albores. Un tridente compuesto por tres personajes colmados de miedos, remordimientos, contradicciones. Tres personalidades que colisionan como un tren de mercancías abocado al descarrilamiento. Ya en el prólogo nos zambullimos en el agua con Lidia, una bailarina que parece buscar en la playa el remanso de paz que no es capaz de encontrar al pisar tierra firme, donde es víctima de las sacudidas de su propia existencia. Antes del estreno de su próxima obra, se refugia en un caserón con vistas al mar para rodearse de calma. O para huir del desasosiego que zarandea su vida. El causante de tales convulsiones es Frank, cuya ceguera no le permite ver una realidad en la que su figura no tiene cabida. Se presenta en la casa sin previo aviso y desoyendo las peticiones de Lidia. Su afán por contentarla no hará sino soliviantar el estado de ánimo de la danzarina, que busca calor entre los brazos de Sarah, una fotógrafa que ha seguido sus pasos a través de media Europa. Alguien que sólo capta el vacío en sus fotografías y que parece ver en Lidia a la musa que tanto anhela. El resorte que hará que todo salte por los aires.

La inquietud se extiende sobre el relato como un manto frío. La historia se vertebra a partir de secuencias turbadoras, donde la alarma subyace tras cada cruce de miradas. Georgina Asin, Christian Stamm y Georgina Amat se emplean a fondo en un tour de force dejado en manos de la improvisación. Se desnudan ante el público para confesar sus secretos y dotan a sus diálogos de una autenticidad inusitada. En Impar no existe pasaje alguno que falte a la verdad. Sus planos fijos se sostienen en el tiempo para que los acontecimientos se desarrollen ante la cámara con total naturalidad, sin coartar el trabajo del actor. Apenas se conocen retazos sueltos sobre la vida de los personajes, información que emerge a la superficie del relato para que el espectador se formule interrogantes. Preguntas que se responderán cuando la realidad se haga demasiado opresiva, demasiado insoportable. El silencio se instala en la narración como un personaje intangible, testigo invisible de todo cuanto ocurre entre la fragilidad de  tres caracteres totalmente dispares. Una calma que augura los sucesos que están por llegar. El cómo la depravación se cierne sobre el triángulo de forma irremediable.

La zozobra de la historia llega en oleadas, como las que provoca el mar. Ahí donde se sumergen los protagonistas cuando nadan a ras de arena; ora para purgar su pasado, ora para apaciguar su dolor. Se utiliza la cámara al hombro para no perder de vista cómo Frank, sumido en la más absoluta penumbra, busca desesperadamente el amor ya extinto de Lidia. Lo busca a tientas, tropezando con el rechazo de alguien que reclama el aplauso de manera altanera. La ambición de la bailarina consiste en ser observada, sentirse objeto de deseo. Y es en Sarah en quien halla a su admiradora más fiel, una joven silenciosa que pretende mantenerse al margen, pero que se verá arrastrada inevitablemente por una vorágine de perversidad. Tres personajes hacinados en una mansión, en un espacio cerrado cuyas paredes parecen achicarse hasta que la atmósfera se torna asfixiante. Nos recuerda, por momentos, a algunas de las premisas que utiliza Bertolucci en sus películas, quien siente fascinación por los entornos claustrofóbicos para exprimir a sus actores hasta la extenuación. Impar también bebe, indudablemente, de la obra de Bergman. Cuando todo el peso de la historia recae en la capacidad actoral; cuando el relato se despliega sobre un ritmo pausado, el necesario para que el público pueda reflexionar al encontrarse en plena diégesis.

El trío protagonista efectúa un viaje hacia sí mismo en un ejercicio de introspección, hurgando en un pasado atestado de heridas aún sangrantes. Presentar batalla al presente nunca había entrañado tanta dificultad. Georgina Asin encarna con rotunda credibilidad el papel del artista que padece un bloqueo, alguien atascado en tiempos pretéritos y estigmatizada por un suceso que no pudo sepultar. Un personaje que avanza en pos de la redención de sus culpas. Será ella quien no volverá la espalda a Frank, llevado a la vida por Christian Stamm, cuya presencia ocupa casi la totalidad de la pantalla. Un hombre que, a pesar de su enorme corpulencia, se revela como un individuo quebradizo. No consigue librarse de su cerrazón ante la idea de recuperar a Lidia, vapuleado por las turbulencias de un romance venido a menos. Por otro lado, Georgina Amat utiliza su cuerpo para expresarse, para desahogarse cuando su personaje necesita un respiro. Siguiendo el compás de las melodías de Minuit Delacroix, Lidia se contonea para deleite de la cámara en bailes que rezuman pura sensualidad. El lenguaje corporal habla por sí solo, sobran los diálogos. Cuando la mirada ausente de Christian Stamm no puede detenerse en sus movimientos, el objetivo de Georgina Asin inmortaliza, desde la lejanía, como si se tratase de una suerte de voyeur, cada una de las contorsiones que la bailarina realiza en la arena. Un drama nada convencional que se atreve con la danza para subrayar sentimientos que, de otra manera, permanecerían ocultos.

Impar es el resultado de un esfuerzo cinematográfico de loable factura. Un secreto guardado a buen recaudo y desvelado para remover consciencias. Una narración que transita por territorios lóbregos, indagando en los rincones más sombríos del comportamiento humano. Corría peligro El Balcón de la Espera de no salir airoso con una propuesta tan temeraria para #littlesecretfilm, haciendo funambulismo a contrarreloj.

Pero lo vértices del triángulo siempre aportan equilibrio.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en El Comienzo y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s